Avui dijous 13 de març actualitzem el bloc després d’un dia sense fer-ho ja que la contrasenya estaba guardada en el correu del Toni i la pàgina hotmail no ha funcionat en aquests darrers dies, per tant hem decidit afegir en aquest dia l’entrada d’ahir.
Dimecres 12 de març
síntesi i pràcticament l’últim ja que demà marxem a la fageda d’en Jordà i divendres ja ha d’estar tot fet per confeccionar el display.
Les dues primeres hores del matí hem estat els tres membres del grup buscant a la sala d’ordinadors la informació que ens faltaba.
Després del patí hem seguit treballant en la creació del logotip del iogurt per plàstica, hem fet les dues primeres activitats de naturals i la recepta de castellà.
Des de les 15:30 fins les 17:30 hem seguit fent plàstica, el mapa de tecnologia i hem acabat els dos últims dies que ens faltaben d’EF.
Després de classe, el Toni s’ha quedat enllestint la segona activitat de mates i plàstica, i la Sandra i la Judith han anat a passar les feines enllestides durant aquests tres dies a l’ordinador i a acabar les que encara no ho estan.
Dijous 13 de març
Avui, després de dormir durant menys de 4 hores intentant localitzar algú a qui li funcionés la pàgina hotmail per tal d’aconseguir la contrasenya del blog, passant informació a l’ordinador ja que no hem tingut l’avantatge de disposar de portàtil a classe per tal d’anar passant les feines a mida que les feiem… hem anat d’excursió a la fàbrica de iogurts de la fageda d’en Jordà, per una part ens ha servit per airejarnos després de tanta feina, però per una altra ens ha supossat menys hores de treball.
A l’arribar a Badalona ens hem quedat els tres membres del grup a la sala d’ordinadors i seguidament hem anat a casa de la Sandra per passar tota la informació que hi havia en el “pen” preparada per ser imprimida. L’ordinador no detectaba el dispositiu, de manera que ara marxem a casa de la Judith per passar la informació al mòbil de la Sandra i tornar a casa seva a imprimir-la.
Això és un clar reflex del que se’n diu la llei de Murphi.
A continuació us adjuntem les activitats de castellà.
Sandra Garcia i Judith Sánchez
Avui ja és el tercer dia de crèdit de
EL ENTREMÉS DEL ENTREMÉS
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mismo, y los días de entre semana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de «Quijada», o «Quesada», que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben, aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba «Quijana». Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso -que eran los más del año-, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y, así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y, de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas intricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura. Y también cuando leía: «Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza…»
Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para solo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianis daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar -que era hombre docto, graduado en Sigüenza- sobre cuál había sido mejor caballero: Palmerín de Inglaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mismo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo, que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.
En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero, pero que no tenía que ver con el Caballero de la Ardiente Espada, que de solo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles había muerto a Roldán, el encantad, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende robó aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que tenía, y aun a su sobrina de añadidura.
En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos del imperio de Trapisonda; y así, con estos tan agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en ellos sentía, se dio priesa a poner en efeto lo que deseaba. Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo; pero vio que tenían una gran falta, y era que no tenían celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada que, encajada con el morrión, hacían una apariencia de celada entera. Es verdad que, para probar si era fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza y, sin querer hacer nueva experiencia della, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje.
Fue luego a ver su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela, que «tantum pellis et ossa fuit», le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría; porque -según se decía él a sí mesmo- no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y ansí procuraba acomodársele, de manera que declarase quién había sido antes que fuese de caballero andante y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razón que, mudando su señor estado, mudase él también el nombre, y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba; y así, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar «Rocinante», nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo.
Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar «don Quijote»; de donde, como queda dicho, tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que sin duda se debía de llamar «Quijada» , y no «Quesada», como otros quisieron decir. Pero acordándose que el valeroso Amadís no sólo se había contentado con llamarse «Amadís» a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por hacerla famosa, y se llamó «Amadís de Gaula», así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y llamarse «don Quijote de la Mancha», con que a su parecer declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.
Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Decíase él:
-Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o, finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quien enviarle presentado, y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendida: «Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante la vuestra merced, para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante»?
¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata dello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla «Dulcinea del Toboso» porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.
Alimentos y productos que aparecen en el primer capítulo de Don quijote de la Mancha:
Vaca: Carne de la hembra del toro que se utiliza como alimento.
Carnero: Mamífero rumiante, que alcanza de siete a ocho decímetros de altura hasta la cruz, con frente convexa, cuernos huecos, angulosos, arrugados transversalmente y arrollados en espiral, y lana espesa, blanca, negra o rojiza.
Salpicón: Plato que se elabora con pescado o marisco cocido, picado en trozos pequeños, junto con otros ingredientes y aderezado todo ello con sal, vinagre y aceite. Suele tomarse frío.
Lentejas: Semilla pequeña, marrón, redonda y aplastada, de la planta leguminosa llamada lentejas.
Quesada: Cierta especie de dulce, hecho a modo de pastelillo, relleno de almíbar, conserva u otro manjar.
Oda a la cebolla
Cebolla,
luminosa redoma,
pétalo a pétalo
se formó tu hermosura,
escamas de cristal te acrecentaron
y en el secreto de la tierra oscura
se redondeó tu vientre de rocío.
Bajo la tierra
fue el milagro
y cuando apareció
tu torpe tallo verde,
y nacieron
tus hojas como espadas en el huerto,
la tierra acumuló su poderío
mostrando tu desnuda transparencia,
y como en Afrodita el mar remoto
duplicó la magnolia
levantando sus senos,
la tierra
así te hizo,
cebolla,
clara como un planeta,
y destinada
a relucir,
constelación constante,
redonda rosa de agua,
sobre
la mesa
de las pobres gentes.
Generosa
deshaces
tu globo de frescura
en la consumación
ferviente de la olla,
y el jirón de cristal
al calor encendido del aceite
se transforma en rizada pluma de oro.
También recordaré cómo fecunda
tu influencia el amor de la ensalada,
y parece que el cielo contribuye
dándole fina forma de granizo
a celebrar tu claridad picada
sobre los hemisferios del tomate.
Pero al alcance
de las manos del pueblo,
regada con aceite,
espolvoreada
con un poco de sal,
matas el hambre
del jornalero en el duro camino.
Estrella de los pobres,
hada madrina
envuelta
en delicado
papel, sales del suelo,
eterna, intacta, pura
como semilla de astro,
y al cortarte
el cuchillo en la cocina
sube la única lágrima
sin pena.
Nos hiciste llorar sin afligirnos.
Yo cuanto existe celebré, cebolla,
pero para mí eres
más hermosa que un ave
de plumas cegadoras,
eres para mis ojos
globo celeste, copa de platino,
baile inmóvil
de anémona nevada
y vive la fragancia de la tierra
en tu naturaleza cristalina.
Pablo Neruda
Términos gastronómicos:
Cebolla, magnolia, agua, aceite, ensalada, tomate, sal, semilla
Receta
Surtido tropical
Este plato es fácil de hacer y no supone ningún peligro en la preparación ya que no se maneja fuego en ningún momento.
Ingredientes:
2 cebollas
2 vasos de agua
50ml de aceite
Ensalada
2 tomates
Sal
Semillas de maíz
Preparación:
Para empezar, lavamos los tomates y la ensalada (la cual incluye lechuga, zanahoria…) y lo dejamos en remojo mientras pelamos y troceamos la cebolla. A continuación machacamos las semillas de maíz en un mortero y las introducimos en un bol de tamaño mediano. En este mismo bol ponemos el tomate y la ensalada que hemos lavado anteriormente.
Por último, añadimos una pizca de sal y aceite y lo mezclamos.
Tras realizar este breve procedimiento ya tendremos preparado un delicioso surtido tropical.
Entremés en el siglo de oro
Se conoce como entremés (o paso) a una pieza dramática jocosa y de un solo acto y que era protagonizada por personajes de clases populares, que solían representarse por actores de baja calidad los cuales predominaban durante el Siglo de Oro español, es decir, a fines del siglo XVI y durante el siglo XVII y XVIII hasta su prohibición en 1780, entre la primera y segunda jornada de una obra mayor. Posteriormente será llamado sainete. En Europa, su equivalente es la farsa, cuya denominación se aplicó en España a cualquier tipo de representación teatral.
El término entremés procede del catalán y está documentado en el siglo XV como una especie de pantomima representada en banquetes cortesanos y, en una acepción gastronómica, como “manjar entre dos platos principales”. Su uso actual se generaliza en el siglo XVI alternando con el más común de paso
Había actores especializados en este género, como Cosme Pérez, más conocido por su sobrenombre de Juan Rana, una auténtica celebridad en su época y para quien escribieron gustosos los ingenios cortesanos no menos de cincuenta piezas.
La evolución del entremés se repartió a lo largo de cuatro etapas:
1. Nacimiento, formación y consolidación definitiva. Entran en esta etapa autores de entremeses primitivos como Lope de Rueda y Juan de Timoneda.
2. Época de esplendor del entremés, desde la segunda mitad del XVI a mediados del XVII. Son los autores más originales Miguel de Cervantes, Luis Quiñones de Benavente y Francisco de Quevedo, seguidos por otros asiduos cultivadores del género que escribieron en esta época: Alonso de Castillo Solórzano, Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo, Antonio Hurtado de Mendoza, Luis Vélez de Guevara y otros muchos.
3. Época de gran popularidad de los entremeses y de una abundante y prolífica producción de los mismos; existe sin embargo repetición de algunos esquemas, temas y modelos y, en su momento final, el comienzo de la decadencia con el agotamiento de las ideas. Abarca íntegra la segunda mitad del XVII y empieza a desarrollarse el costumbrismo. Algunos entremeses, por otra parte, reúnen gran vistosidad porque son destinados a Palacio y empiezan a aparecer elementos paródicos que vienen en último término de la llamada Comedia burlesca. La pérdida de su vitalidad se compensa con esa dicha vistosidad y carga paródica. Algunos de los autores más importantes de esta etapa son Jerónimo de Cáncer y Agustín Moreto.
4. Fase de decadencia del entremés; incluye los fines del siglo XVII y el siglo XVIII en que acaba por desaparecer de la escena, en 1778, cuando los teóricos de la Ilustración lo prohibieron por su vulgaridad y chabacanería, ajenas al idealismo estético del Neoclasicismo; era esta una oposición que se añadía a la de la Iglesia, pero no por motivos morales. Todavía, sin embargo, produce el entremés algunas figuras interesantes como Francisco de Castro, Antonio de Zamora, Manuel de León Marchante, Juan de la Hoz y Mota, etcétera; pero es sustituido por el sainete, situado entre el segundo y tercer acto; era este una pieza de carácter más extenso y menos lírico, con un argumento más desarrollado y sin apenas números cantados. Se renueva con nuevos tipos: el petimetre afrancesado, el castizo majo y el abate presuntuoso. En este nuevo género, y a fines del siglo XVIII, destacaron el gaditano Juan Ignacio González del Castillo y el madrileño Ramón de la Cruz.
5. Recuperación y reivindicación. A fines del siglo XIX y principios del XX algunos autores reivindicaron la tradición farsesca del entremés. Fueron en primer lugar los autores del teatro por horas. Recuperaron fundamentalmente el espíritu del entremés y algunas de sus características morfológicas: Valle-Inclán, los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, Carlos Arniches, etcétera en la preguerra; en la posguerra Max Aub, Lauro Olmo y otros muchos.
Obra
La peregrina era una mujer que podía llegar a lo más alto, pero no por lo que era, sino por lo que aparentaba. Atraía a todo caballero, tanto campesinos como nobles.
Personajes: reina de Inglaterra, conde, forastera
-Reina de Inglaterra: he encontrado a una sirvienta que, como usted me pidió, puede estar a la altura de lo que desee.
-conde: Hágala pasar. Mi personalidad, mis tierras y mis tantos escuderos, nobles… podrán saciar sus necesidades aquí, así como ofrecerle refugio, alimento…
-Reina de Inglaterra: Recuerde lo que se dice de ella. Comentan que Felipe II tuvo que hacerla fuera de sus tierras , todos sus nobles acabaron a sus pies…
-Conde: Confía en mi, esa muchacha no estropeará mis planes de conquista ni mi amor por ti.
(sale la reina…)
- Forastera: dícese por estas tierras que usted necesita una sirvienta y yo puedo estar a la altura de ello. Pero… necesitaría un lugar para albergarme.
Conde: de eso no se preocupe… en mis tantas hectáreas de terreno tengo varios lugares para dicho uso.
-forastera: si he de servirle a usted, sería muy ventajoso que me cediese la habitación mas cercana a la suya, así podría disponer de mi ayuda por el día, y si surgiese algo, lo que fuera…también por la noche. ¿Sabe? Me gusta dormir cerca de caballeros nobles, apuestos…
-Conde: Ejem.. siento decirle que estoy a punto de contraer matrimonio.
- Forastera: y yo siento decirle que estoy aquí para servirle, no me importa en lo que sea…
- Conde: Veo que tiene sangre fría… Haríamos un buen equipo y, si por ahí se comenta que pudo hacerle frente hasta a Felipe II ¿Sabe a cuantos condes, nobles, tierras… podríamos hacerle frente?
-Forastera: Ahora que lo dice, si que me gustaría abatir todo a mi paso… Cédame la habitación más cercana a la suya y prometo no defraudarle.
- Conde: Acepto ¿Sabe?, a mi también me gustaría dormir cerca de damas con carácter, hermosas, luchadoras…como usted.
(entra la reina de Inglaterra…)
-Reina de Inglaterra: Me parece que para conquistar tierras se necesita algo más que una chiquilla malcriada de mala familia. Además, un caballero tiene que ser persona de palabra, creo que tu, mi esposo no eres de palabra… puesto que estás comprometido con la gran reina de Inglaterra pero sé que vas con otras intenciones con peregrinas de baja calaña.
-Conde: no me hagas escoger entre mis conquistas y mi amada.
-Reina de Inglaterra: ¿te irías con ella, no? Cariño…dame el anillo de compromiso… no eres digno de tenerlo.
-Conde: pues si así lo deseas, iremos a conquistar mundo mi chica peregrina y yo. Vagaremos por tierras en busca de aventuras y desafíos.