4 días
By Elisa | Juliol 2, 2008
Apenas me quedan, te quedan y nos quedan cuatro largos (o cortos) días para conseguir que nuestro barco vuelva a flotar. Todo parecía ir viento en popa, hasta que un día, un iceberg del que no tenemos idea que existía (o al menos yo) topó contra nosotros. Ahora parece que nos estamos hundiendo y que ésto ya no volverá a surgir jamás. Quedaremos anclados para perdernos en las profundidades azules, donde nunca más nos volveremos a encontrar, pese a que me duela. Y es que nunca supiste cómo dirigirlo. Perdías el rumbo del timón y ahora ya has perdido las coordenadas. Decías que todo estaba en tus manos y sinceramente fui muy estúpida al dejarte en manos de la dirección. No todo eras tú. Pero tú lo quisiste así, y así terminaremos.
He intentado siempre que encaminaras tu vida hacia la estabilidad, pero mi poca experiencia me ha hecho que nuestro camino se trunque. O quizás no haya sido yo únicamente, aunque debes saber que hice todo lo que estaba en mis manos. Espero que lo valores. Vuelve a escribir nuestra fecha, vuelve a pronunciar lo que sientes. Nunca te calles lo que debas decir ni dejes de hacer lo que por necesidad, debes. Entiéndelo. Abre los ojos cuanto antes…
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Nunca supe…
By Elisa | Juny 29, 2008
Nunca supe que pasaría. Fue la simple, la pura casualidad. Aquélla que hizo que nos encontrásemos, que nuestras miradas coincidiesen en un puro y magnífico momento.
Pasan los días y tu sonrisa cautiva a todo el mundo, a aquéllos que siguen tus pisadas detrás de ti y que, tú, sin darte cuenta, destruyes.
Gotas de amor fluyen por mi rostro, y tú únicamente eres capaz de contestar con miserable estupidez, sin hacer caso de quién tienes a tu lado y de lo mucho que vale. Muchas han sido las veces que me pregunto si estaré haciendo algo mal, si seré yo la culpable. Pero, como nunca respondes, ya no sé qué pensar. El egocentrismo que ambos compartimos ve la realidad, la luz. Y ninguno quiere dejar ganar al otro. O quizás sí. Uno cesa, pero el otro sigue luchando, sin dejar que nadie le interrumpa y que nadie sea capaz de traspasar esa barrera que tú mismo te has impuesto.
Nadie sabe el por qué. Ni yo misma. Pero de verdad que, si sigues de este modo, ni siquiera voy a seguir preguntándomelo. Tampoco lo solucionaré. Aunque parece que ninguno de los dos tenga ganas de hacerlo.
Son demasiados sueños y demasiadas esperanzas posadas en ti para que ahora, por un simple arrebato de cobardía y de inmadurez, rompas la utopía que en mí formaste.
No sigas, no lo hagas, porque de verdad que de ésta quizás no sepa afrontar la realidad. Di basta. Porque me quieres o por lo que sea, me da lo mismo, pero pon fin de una vez a este comportamiento que no hace más que ir en tu contra. No quisiera malbaratar más tiempo contigo.
Ahora o nada.
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Nuevas actualizaciones
By Elisa | Juny 16, 2008
Siento no haber podido actualizar el viernes, aunque lo hago hoy. No pongo nada de ninguna obra literaria ni nada por el estilo, sólo quería informar de una cosa, aunque sé que casi nadie se pasará por aquí (yo y mi sombra sí).
A partir de ahora aprovecharé el blog para colgar alguno de mis relatos que hago cuando me aburro y así practico mi espíritu humanista.
A ver si a alguna se le ocurre actualizar aunque hayamos acabado ya el curso, que nos conocemos…
Elisa.
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Premio nobel de literatura… Juan Ramón Jimenez
By Galatea | Juny 9, 2008
holaaa humanistas!! hoy explicare uno de los autores que tuvimos que estudiar para el examen de literatura Juan Ramón Jimenez.
De este autor podemos destacar tres conceptos importantes:
1º-En 1956 se le otorga el premio nobel de literatura.
2º-Su obra se divide en tres etapas importantes:
La etapa sensitiva
Está marcada por la influencia de Bécquer, el Simbolismo y un Modernismo de formas tenues, rima asonante, verso de arte menor y música íntima. En ella predominan las descripciones del paisaje como reflejo del alma del poeta, un paisaje que no es natural ni fruto de paseos como el de Machado, sino sometido al estatismo de un jardín interior, al intimismo de un orden. Predominan los sentimientos vagos, la melancolía, la música y el color desvaído, los recuerdos y ensueños amorosos.
Pertenecen a esta etapa Rimas (1902), Arias tristes (1903), Jardines lejanos (1904), Elegías (1907).
Destacaria una de sus obras más famosas platero y yo
La etapa intelectual
El mar simboliza la vida, la soledad, el gozo, el eterno tiempo presente. Se inicia asimismo una evolución espiritual que lo lleva a buscar la trascendencia. En su deseo de salvarse ante la muerte, se esfuerza por alcanzar la eternidad, y eso sólo puede conseguirlo a través de la belleza y la depuración poética. Suprime, pues,
1. toda la musicalidad,
2. los argumentos poéticos,
3. la aparatosidad externa y ornamental anterior para adentrarse en lo profundo, en lo bello, en lo puro, en lo esencial.
De esta época destacan Diario de un poeta recién casado (1916), Primera antología poética, (1917), Eternidades (1918), Piedra y cielo (1919), Poesía (1917–23) y Belleza (1917–23).
La etapa suficiente o verdadera
Pertenece a la época suficiente o verdadera todo lo escrito durante su exilio americano. Juan Ramón continúa replegado en sí mismo en busca de la belleza y la perfección. Su ansia por la trascendencia lo lleva a una cierta mística e identificarse con Dios y la belleza en uno. Su lengua poética se transforma en una especie de idiolecto poblado de múltiples neologismos (ultratierra, deseante…). Tras un período de relativo silencio, publica Animal de fondo (1949), Tercera antología poética (1957), En el otro costado (1936–42) y Dios deseado y deseante (1948–49).
3º-PLATERO Y YO (una de las obras más importantes).
Para finalizar pondré un fragmento de su pbra platero y yo
Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.
Lo dejo suelto y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas… Lo llamo dulcemente: “¿Platero?”, y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal…
Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar; los higos morados, con su cristalina gotita de miel…
Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña…; pero fuerte y seco por dentro, como de piedra… Cuando paso sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:
— Tiene acero…
Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.
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Romance del Prisionero
By Elisa | Juny 6, 2008
Parece que el blog cada vez respira menos y un día se ahogará y perecerá entre las redes cibernéticas tal y como llegó. Todo ocurrirá si dejamos sin actualizarlo, que parece que últimamente a las florecillas del humanístico les afecta un poco la amnesia. Pero vaya, yo al menos estoy aquí para reavivar la llama de nuestra huella. Hoy actualizo con el Romance del Prisionero (espero que sea éste), que sé que nos gustó mucho
ROMANCE DEL PRISIONERO
Que por mayo era, por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor;
sino yo, triste, cuitado,
que vivo en esta prisión;
que ni sé cuándo es de día
ni cuándo las noches son,
sino por una avecilla
que me cantaba el albor.
Matómela un ballestero;
déle Dios mal galardón.
Hasta el lunes, que es la próxima clase T___T
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Canción otoñal
By Elisa | Maig 30, 2008
Pues bien, hoy viernes tengo que actualizar, sí, pero rapidísimamente porque debo ir a la graduación y voy ya tarde… Pongo un poema de Federico García Lorca para que os entretengáis un poco
¡Estudiad mucho!
CANCIÓN OTOÑAL
Hoy siento en el corazón
un vago temblor de estrellas,
pero mi senda se pierde
en el alma de la niebla.
La luz me troncha las alas
y el dolor de mi tristeza
va mojando los recuerdos
en la fuente de la idea.
Todas las rosas son blancas,
tan blancas como mi pena,
y no son las rosas blancas,
que ha nevado sobre ellas.
Antes tuvieron el iris.
También sobre el alma nieva.
La nieve del alma tiene
copos de besos y escenas
que se hundieron en la sombra
o en la luz del que las piensa.
La nieve cae de las rosas,
pero la del alma queda,
y la garra de los años
hace un sudario con ellas.
¿Se deshelará la nieve
cuando la muerte nos lleva?
¿O después habrá otra nieve
y otras rosas más perfectas?
¿Será la paz con nosotros
como Cristo nos enseña?
¿O nunca será posible
la solución del problema?
¿Y si el amor nos engaña?
¿Quién la vida nos alienta
si el crepúsculo nos hunde
en la verdadera ciencia
del Bien que quizá no exista,
y del Mal que late cerca?
¿Si la esperanza se apaga
y la Babel se comienza,
qué antorcha iluminará
los caminos en la Tierra?
¿Si el azul es un ensueño,
qué será de la inocencia?
¿Qué será del corazón
si el Amor no tiene flechas?
¿Y si la muerte es la muerte,
qué será de los poetas
y de las cosas dormidas
que ya nadie las recuerda?
¡Oh sol de las esperanzas!
¡Agua clara! ¡Luna nueva!
¡Corazones de los niños!
¡Almas rudas de las piedras!
Hoy siento en el corazón
un vago temblor de estrellas
y todas las rosas son
tan blancas como mi pena.
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Imaginacón…
By Venus | Maig 25, 2008
¡Hola a todos y a todas!
Bueno primero de todos os quiero decir que el pasado viernes hice mi ultima exposición de literatura, estoy un poco triste asi que no me hableis del tema porque ya no haremos mas
, y encima no habia proyector. Peró bueno me salio bien y la firme con un “fouette”, las que me siguen en ballet ya saben que és.
En fin como ya estan a punto de empezar los examenes os voy a poner algo divertido que me gusto mucho cuando lo estudiamos. Se trata de poemas visuales, jaja a ver si los entendeis…



¿Que, es facil?
Aha, lo sabia, no lo habeis adivinado, es que son complicados, pero muy imaginativos.
Bueno os dejo, nos vemos el proximo sábado, que ya estaremos en exámenes, ufffffff
Hasta la semana que viene
En beso,
¡¡Venus!!
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El aburrimiento
By Elisa | Maig 22, 2008
Hoy jueves, como no es habitual, le cojo el día a Miriam para actualizar, ya que hacerlo mañana me supone arriesgarme a llegar tarde a casa y olvidarme del blog. Les voy a hacer un recordatorio a todas mis compañeras del poema que nos leyó Enric de Rafael Alberti (éste sí me parece bueno) y con el que nos reímos bastante. A ver qué nos trae mañana nuestra cinéfila de sorpresa para la exposición
El aburrimiento
Me aburro.
Me aburro.
Me aburro.
¡Cómo en Roma me aburro!
Más que nunca me aburro.
Estoy muy aburrido.
¡Qué aburrido estoy!
Quiero decir de todas las maneras
Lo aburrido que estoy.
Todos ven en mi cara mi gran aburrimiento.
Innegable, señor.
Es indisimulable.
¿Está usted aburrido?
Me parece que está usted aburrido.
Dígame, ¿a dónde va tan aburrido?
¿Que usted va a las iglesias con ese aburrimiento?
No es posible, señor, que vaya a las iglesias
Con ese aburrimiento.
¿Que a los museos dice siendo tan aburrido?
¿Quién no siente en mi andar lo aburrido que estoy?
¡Qué aire de aburrimiento!
A la legua se ve su gran aburrimiento.
Mi gran aburrimiento.
Lo aburrido que estoy.
Y sin embargo, ¡oooh!
He pisado una caca
Acabo de pisar ¡Santo Dios! una caca
Dicen que trae suerte el pisar una caca
Que trae mucha suerte el pisar una caca
¿Suerte, señores, suerte?
¿La suerte la la suerte?
Estoy pegado al suelo.
No puedo caminar.
Ahora sí que ya nunca volveré a caminar.
Me aburro, ay, me aburro.
Más que nunca me aburro.
Muero de aburrimiento.
No hablo más
Me morí.
Hasta mañana ![]()
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Poema visual
By Trotaconventos | Maig 20, 2008
Hola!Hoy actualizo com un poema visual:Es una forma de poesía experimental en la que la imagen, el elemento plástico, en todas sus facetas, técnicas y soportes, predomina sobre el resto de los componentes. Esta forma de poesía no verbal, constituye un género propio, y en el campo de la experimentación, sus creadores se mueven en la frontera entre géneros, como la pintura, la música, el teatro o la acción poética y la misma poesía, dando lugar a diversas formas de poética: poesía fonética, visual, concretismo, poesía sonora, poesía objetual, letrismo, pseudovisual, etc.
La capilla aldeana
Ave
canta
suave
que tu canto encanta
sobre el campo inerte
sones
vierte
y ora-
ciones
llora.
Desde
la cruz santa
el triunfo del sol canta
y bajo el palio azul del cielo
deshoja tus cantares sobre el suelo.
Une tus notas a las de la campana
Que ya se despereza ebria de mañana
Evangelizando la gran quietud aldeana.
Es un amanecer que en una bondad brilla
La capilla está ante la paz de la montaña
Cómo una limosnera está ante una capilla.
Se esparce en el paisaje el aire de una extraña
Santidad, algo bíblico, algo de piel de oveja
Algo como un roció lleno de bendiciones
Cual si el campo rezara una idílica queja
Llena de sus caricias y de sus emociones.
La capilla es como una vieja acurrucada
Y al pie de la montaña parece un cuento de hada.
junto a ella como una bandada de mendigos
Se agrupan y se acercan unos cuantos castaños
Que se asoman curiosos por todos los postigos
Con la malevolencia de los viejos huraños.
Y en el cuadrito lleno de ambiente y de frescura
En el paisaje alegre con castidad de lino
Pinta un brochazo negro la sotana del cura.
Cuando ya la tarde alarga su sombra sobre el camino...
Esto es todo por todo por hoy!
Un saludo y hasta el martes que viene!
Trotaconventos.
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Los pazos de Ulloa
By Galatea | Maig 19, 2008
Hola humanistas !!!! siento mucho no haber comentado estas últimas semanas .Es que con las fiestas y puentes se me va el santo al cielo. Hoy pondre un fragmento de los pazos de Ulloa( capítulo uno) que lo disfruteis:
Por más que el jinete trataba de sofrenarlo agarrándose con todas sus fuerzas a la única rienda de cordel y susurrando palabritas calmantes y mansas, el peludo rocín seguía empeñándose en bajar la cuesta a un trote cochinero que descuadernaba los intestinos, cuando no a trancos desigualísimos de loco galope. Y era pendiente de veras aquel repecho del camino real de Santiago a Orense en términos que los viandantes, al pasarlo, sacudían la cabeza murmurando que tenía bastante más declive del no sé cuántos por ciento marcado por la ley, y que sin duda al llevar la carretera en semejante dirección, ya sabrían los ingenieros lo que se pescaban, y alguna quinta de personaje político, alguna influencia electoral de grueso calibre debía andar cerca.
Iba el jinete colorado, no como un pimiento, sino como una fresa, encendimiento propio de personas linfáticas. Por ser joven y de miembros delicados, y por no tener pelo de barba, pareciera un niño, a no desmentir la presunción sus trazas sacerdotales. Aunque cubierto de amarillo polvo que levantaba el trote del jaco, bien se advertía que el traje del mozo era de paño negro liso, cortado con la flojedad y poca gracia que distingue a las prendas de ropa de seglar vestidas por clérigos. Los guantes, despellejados ya por la tosca brida, eran asimismo negros y nuevecitos, igual que el hongo, que llevaba calado hasta las cejas, por temor a que los zarandeos de la trotada se lo hiciesen saltar al suelo, que sería el mayor compromiso del mundo. Bajo el cuello del desairado levitín asomaba un dedo de alzacuello, bordado de cuentas de abalorio. Demostraba el jinete escasa maestría hípica: inclinado sobre el arzón, con las piernas encogidas y a dos dedos de salir despedido por las orejas, leíase en su rostro tanto miedo al cuartago como si fuese algún corcel indómito rebosando fiereza y bríos.
Al acabarse el repecho, volvió el jaco a la sosegada andadura habitual, y pudo el jinete enderezarse sobre el aparejo redondo, cuya anchura inconmensurable le había descoyuntado los huesos todos de la región sacro-ilíaca. Respiró, quitóse el sombrero y recibió en la frente sudorosa el aire frío de la tarde. Caían ya oblicuamente los rayos del sol en los zarzales y setos, y un peón caminero, en mangas de camisa, pues tenía su chaqueta colocada sobre un mojón de granito, daba lánguidos azadonazos en las hierbecillas nacidas al borde de la cuneta. Tiró el jinete del ramal para detener a su cabalgadura, y ésta, que se había dejado en la cuesta abajo las ganas de trotar, paró inmediatamente. El peón alzó la cabeza, y la placa dorada de su sombrero relució un instante.
-¿Tendrá usted la bondad de decirme si falta mucho para la casa del señor marqués de Ulloa?
-¿Para los Pazos de Ulloa? -contestó el peón repitiendo la pregunta.
-Eso es.
-Los Pazos de Ulloa están allí -murmuró extendiendo la mano para señalar a un punto en el horizonte.- Si la bestia anda bien, el camino que queda pronto se pasa… Ahora tiene que seguir hasta aquel pinar ¿ve? y luego le cumple torcer a mano izquierda, y luego le cumple bajar a mano derecha por un atajito, hasta el crucero… En el crucero ya no tiene pérdida, porque se ven los Pazos, una costrución muy grandísima…
-Pero… ¿como cuánto faltará? -preguntó con inquietud el clérigo.
Meneó el peón la tostada cabeza.
-Un bocadito, un bocadito…
Y sin más explicaciones, emprendió otra vez su desmayada faena, manejando el azadón lo mismo que si pesase cuatro arrobas.
Se resignó el viajero a continuar ignorando las leguas de que se compone un bocadito, y taloneó al rocín. El pinar no estaba muy distante, y por el centro de su sombría masa serpeaba una trocha angostísima, en la cual se colaron montura y jinete. El sendero, sepultado en las oscuras profundidades del pinar, era casi impracticable; pero el jaco, que no desmentía las aptitudes especiales de la raza caballar gallega para andar por mal piso, avanzaba con suma precaución, cabizbajo, tanteando con el casco, para sortear cautelosamente las zanjas producidas por la llanta de los carros, los pedruscos, los troncos de pino cortados y atravesados donde hacían menos falta. Adelantaban poco a poco, y ya salían de las estrecheces a senda más desahogada, abierta entre pinos nuevos y montes poblados de aliaga, sin haber tropezado con una sola heredad labradía, un plantío de coles que revelase la vida humana. De pronto los cascos del caballo cesaron de resonar y se hundieron en blanda alfombra: era una camada de estiércol vegetal, tendida, según costumbre del país, ante la casucha de un labrador. A la puerta una mujer daba de mamar a una criatura. El jinete se detuvo.
-Señora, ¿sabe si voy bien para la casa del marqués de Ulloa?
-Va bien, va…
-¿Y… falta mucho?
Enarcamiento de cejas, mirada entre apática y curiosa, respuesta ambigua en dialecto:
-La carrerita de un can…
¡Estamos frescos!, pensó el viajero, que si no acertaba a calcular lo que anda un can en una carrera, barruntaba que debe ser bastante para un caballo. En fin, en llegando al crucero vería los Pazos de Ulloa… Todo se le volvía buscar el atajo, a la derecha… Ni señales. La vereda, ensanchándose, se internaba por tierra montañosa, salpicada de manchones de robledal y algún que otro castaño todavía cargado de fruta: a derecha e izquierda, matorrales de brezo crecían desparramados y oscuros. Experimentaba el jinete indefinible malestar, disculpable en quien, nacido y criado en un pueblo tranquilo y soñoliento, se halla por vez primera frente a frente con la ruda y majestuosa soledad de la naturaleza, y recuerda historias de viajeros robados, de gentes asesinadas en sitios desiertos.
-¡Qué país de lobos! -dijo para sí, tétricamente impresionado
Alegrósele el alma con la vista del atajo, que a su derecha se columbraba, estrecho y pendiente, entre un doble vallado de piedra, límite de dos montes. Bajaba fiándose en la maña del jaco para evitar tropezones, cuando divisó casi al alcance de su mano algo que le hizo estremecerse: una cruz de madera, pintada de negro con filetes blancos, medio caída ya sobre el murallón que la sustentaba. El clérigo sabía que estas cruces señalan el lugar donde un hombre pereció de muerte violenta; y, persignándose, rezó un padrenuestro, mientras el caballo, sin duda por olfatear el rastro de algún zorro, temblaba levemente empinando las orejas, y adoptaba un trotecillo medroso que en breve le condujo a una encrucijada. Entre el marco que le formaban las ramas de un castaño colosal, erguíase el crucero.
Tosco, de piedra común, tan mal labrado que a primera vista parecía monumento románico, por más que en realidad sólo contaba un siglo de fecha, siendo obra de algún cantero con pujos de escultor, el crucero, en tal sitio y a tal hora, y bajo el dosel natural del magnífico árbol, era poético y hermoso. El jinete, tranquilizado y lleno de devoción, pronunció descubriéndose: «Adorámoste, Cristo, y bendecímoste, pues por tu Santísima Cruz redimiste al mundo», y de paso que rezaba, su mirada buscaba a lo lejos los Pazos de Ulloa, que debían ser aquel gran edificio cuadrilongo, con torres, allá en el fondo del valle. Poco duró la contemplación, y a punto estuvo el clérigo de besar la tierra, merced a la huida que pegó el rocín, con las orejas enhiestas, loco de terror. El caso no era para menos: a cortísima distancia habían retumbado dos tiros.
Quedóse el jinete frío de espanto, agarrado al arzón, sin atreverse ni a registrar la maleza para averiguar dónde estarían ocultos los agresores; mas su angustia fue corta, porque ya del ribazo situado a espaldas del crucero descendía un grupo de tres hombres, antecedido por otros tantos canes perdigueros, cuya presencia bastaba para demostrar que las escopetas de sus amos no amenazaban sino a las alimañas monteses.
El cazador que venía delante representaba veintiocho o treinta años: alto y bien barbado, tenía el pescuezo y rostro quemados del sol, pero por venir despechugado y sombrero en mano, se advertía la blancura de la piel no expuesta a la intemperie, en la frente y en la tabla de pecho, cuyos diámetros indicaban complexión robusta, supuesto que confirmaba la isleta de vello rizoso que dividía ambas tetillas. Protegían sus piernas recias polainas de cuero, abrochadas con hebillaje hasta el muslo; sobre la ingle derecha flotaba la red de bramante de un repleto morral, y en el hombro izquierdo descansaba una escopeta moderna, de dos cañones. El segundo cazador parecía hombre de edad madura y condición baja, criado o colono: ni hebillas en las polainas, ni más morral que un saco de grosera estopa; el pelo cortado al rape, la escopeta de pistón, viejísima y atada con cuerdas; y en el rostro, afeitado y enjuto y de enérgicas facciones rectilíneas, una expresión de encubierta sagacidad, de astucia salvaje, más propia de un piel roja que de un europeo. Por lo que hace al tercer cazador, sorprendióse el jinete al notar que era un sacerdote. ¿En qué se le conocía? No ciertamente en la tonsura, borrada por una selva de pelo gris y cerdoso, ni tampoco en la rasuración, pues los duros cañones de su azulada barba contarían un mes de antigüedad; menos aún en el alzacuello, que no traía, ni en la ropa, que era semejante a la de sus compañeros de caza, con el aditamento de unas botas de montar, de charol de vaca muy descascaradas y cortadas por las arrugas. Y no obstante trascendía a clérigo, revelándose el sello formidable de la ordenación, que ni aun las llamas del infierno consiguen cancelar, en no sé qué expresión de la fisonomía, en el aire y posturas del cuerpo, en el mirar, en el andar, en todo. No cabía duda: era un sacerdote. Aproximóse al grupo el jinete, y repitió la consabida pregunta:
-¿Pueden ustedes decirme si voy bien para casa del señor marqués de Ulloa?
El cazador alto se volvió hacia los demás, con familiaridad y dominio.
-¡Qué casualidad! -exclamó-. Aquí tenemos al forastero… Tú, Primitivo… Pues te cayó la lotería: mañana pensaba yo enviarte a Cebre a buscar al señor… Y usted, señor abad de Ulloa… ¡ya tiene usted aquí quien le ayude a arreglar la parroquia!
Como el jinete permanecía indeciso, el cazador añadió:
-¿Supongo que es usted el recomendado de mi tío, el señor de la Lage?
-Servidor y capellán… -respondió gozoso el eclesiástico, tratando de echar pie a tierra, ardua operación en que le auxilió el abad-. ¿Y usted… -exclamó, encarándose con su interlocutor- es el señor marqués?
-¿Cómo queda el tío? ¿Usted… a caballo desde Cebre, eh? -repuso éste evasivamente, mientras el capellán le miraba con interés rayano en viva curiosidad. No hay duda que así, varonilmente desaliñado, húmeda la piel de transpiración ligera, terciada la escopeta al hombro, era un cacho de buen mozo el marqués; y sin embargo, despedía su arrogante persona cierto tufillo bravío y montaraz, y lo duro de su mirada contrastaba con lo afable y llano de su acogida.
El capellán, muy respetuoso, se deshacía en explicaciones.
-Sí, señor; justamente… En Cebre he dejado la diligencia y me dieron esta caballería, que tiene unos arreos, que vaya todo por Dios… El señor de la Lage, tan bueno, y con el humor aquél de siempre… Hace reír a las piedras… Y guapote, para su edad… Estoy reparando que si fuese su señor papá de usted, no se le parecería más… Las señoritas, muy bien, muy contentas y muy saludables… Del señorito, que está en Segovia, buenas noticias. Y antes que se me olvide…
Buscó en el bolsillo interior de su levitón, y fue sacando un pañuelo muy planchado y doblado, un Semanario chico, y por último una cartera de tafilete negro, cerrada con elástico, de la cual extrajo una carta que entregó al marqués. Los perros de caza, despeados y anhelantes de fatiga, se habían sentado al pie del crucero; el abad picaba con la uña una tagarnina para liar un pitillo, cuyo papel sostenía adherido por una punta al borde de los labios; Primitivo, descansando la culata de la escopeta en el suelo, y en el cañón de la escopeta la barba, clavaba sus ojuelos negros en el recién venido, con pertinacia escrutadora. El sol se ponía lentamente en medio de la tranquilidad otoñal del paisaje. De improviso el marqués soltó una carcajada. Era su risa, como suya, vigorosa y pujante, y, más que comunicativa, despótica.
-El tío -exclamó, doblando la carta- siempre tan guasón y tan célebre… Dice que aquí me manda un santo para que me predique y me convierta… No parece sino que tiene uno pecados: ¿eh, señor abad? ¿Qué dice usted a esto? ¿Verdad que ni uno?
-Ya se sabe, ya se sabe -masculló el abad en voz bronca… Aquí todos conservamos la inocencia bautismal.
Y al decirlo, miraba al recién llegado al través de sus erizadas y salvajinas cejas, como el veterano al inexperto recluta, sintiendo allá en su interior profundo desdén hacia el curita barbilindo, con cara de niña, donde sólo era sacerdotal la severidad del rubio entrecejo y la compostura ascética de las facciones.
-¿Y usted se llama Julián Álvarez? -interrogó el marqués.
-Para servir a usted muchos años.
-¿Y no acertaba usted con los Pazos?
-Me costaba trabajo el acertar. Aquí los paisanos no le sacan a uno de dudas, ni le dicen categóricamente las distancias. De modo que…
-Pues ahora ya no se perderá usted. ¿Quiere montar otra vez?
-¡Señor! No faltaba más.
-Primitivo -ordenó el marqués-, coge del ramal a esa bestia.
Y echó a andar, dialogando con el capellán que le seguía. Primitivo, obediente, se quedó rezagado, y lo mismo el abad, que encendía su pitillo con un misto de cartón. El cazador se arrimó al cura.
-¿Y qué le parece el rapaz, diga? ¿Verdad que no mete respeto?
-Boh… Ahora se estila ordenar miquitrefes… Y luego mucho de alzacuellitos, guantecitos, perejiles con escarola… ¡Si yo fuera el arzobispo, ya les daría el demontre de los guantes!
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